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No digamos que nos amamos

No digamos que nos amamos.
No, que todos lo hacen.
Todos dicen que se aman,
Todos hablan de lo mismo.

Quiero que tú y yo vivamos nuestra historia
Así, en silencio,
Y dándonos la vida sin hablarlo.
Que tú y yo hagamos miradas
Donde nos digamos todo,
Donde solo tú y yo lo sepamos,
Donde a nadie más le importemos.

No digamos que nos amamos,
No hasta que hayamos muerto de amor.
Hasta que la vida nos haya hecho ancianos,
Decrépitos, cansones,
Arrugados y malhumorados.
No hasta que hayamos vivido al menos,
Mínimamente esta vida entera.

No digamos que nos amamos.
Simplemente, digamos que
Todavía nos estamos enamorando.
Que apenas nos estamos conociendo.
Que tan solo estamos saliendo,
Probando suerte
Hace apenas cinco, diez, veinte,
Cincuenta o cien años.

No digamos que nos amamos.
Digamos que somos amigos,
Di que en mí has encontrado tu mejor confidente,
Yo diré que tuve la suerte
De casarme con mi mejor amiga.

No digamos que nos amamos.
Hagámoslo el último día de nuestra existencia.
Cuando nuestros hijos nos vean como su ejemplo,
Cuando nuestros nietos
Ya hayan compartido con nosotros su infancia.
Cuando hayamos logrado sortear la vida,
Las tentaciones, los dolores.
Cuando hayamos compartido todo.
Cuando en la última mirada, sepamos
Que con nadie más nos hubiese
Gustado compartir la vida.

Ese día, sabremos si fue verdad.
Solamente ese día.

J. Palacio©
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Ella

Ella, ella de fuego, de canela.
Recuerdo que siempre fue tan mía.

La noche que nos cobijaba
Nos acogía en su bella locura:
Siempre fue tan mía.
Siempre, era en sus cabellos mi enredadera,
En su piel, mi caricia delgada y suave.

Ella, tenía en sus ojos un rayo de luz de luna.
Y en su boca los manzanos más dulces.

Ella, fue el perfume que me embelesara
En las noches en que nos tomábamos el cielo
A nuestro antojo y deseo.

La recuerdo perfectamente.
Se lanzaba a mis brazos y amortiguaba con mi pecho.
Le gustaba dejarme hablar, decirle,
Que nuestro amor no podía ser de otra forma
Que de ésta, así,
Nocturno y demente,
Silente, pero radiante en nuestras almas.

Ella, ¡ah! Ella.
Siempre fue tan mía.
Tan sumisa y dulce.
Tan tierna, tan mística.

Su cabellera negra reflejaba el halo de las estrellas.
Su boca trémula a mi tacto tibio
Me mordía con cierta sutileza exquisita.
Sus ojos eran la ola de mar
Gobernada desde el crepúsculo.

Y fue así, así se enterró en mi ser,
Ella, ella, la de aquellos días.
Hizo inventos con mis neuronas.
Se estacó despacio en mi alma.
Ella, así lo hizo:
Recuerdo que siempre fue tan mía
En aquellas noches de locura.

J. Palacio
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