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Gracias

Desconozco la razón
pero observo tu luz y tu imagen
tras esta pantalla
y te siento triste.
Y esta mañana dentro de mi cabeza,
tan parecida a la de muchos aunque tan distinta,
he pensado que
me gustaría que tomáramos asiento,
abrir una botella de vino blanco y otra de tinto
y hablar de hombre a mujer
hasta que el manto nocturno
nos cubra.

Quizá no me creas del todo
pero todo apunta a que
vamos ganando.

Los armazones de los dinosaurios están enterrados,
las víboras cada vez fastidian menos,
los leones, las tigresas y los monos
esquivan nuestras huellas en la selva.

Los seísmos cada vez son más pronosticables,
hasta las dolencias han reculado
aunque no lo bastante,
para ellas nunca es bastante.

Hace ya mucho tiempo
que cedimos las cavernas a los habitantes de la noche,
ahora
vivimos en diminutos agujeros cuadriculados
sin insectos ni goteras.
Con menos frío,
con menos necesidades,
con menos vegetación.
Pero con más vocablos,
con más esquizofrenia
e idénticos temores.

Hemos rellenado la tierra con heces,
resignación y autopistas,
la hemos colmado de humanos como tú,
como yo.

¿Recuerdas aquella pelota blanca
que brillaba cada noche?
Ahí continúa colgada,
la observo casi con tu misma fascinación
aunque cuando la miro
pienso en un astro noctambulo
y en un tipo con una pecera en la cabeza
envuelto en papel aluminio.

No sé si lograste diferenciar los aullidos
de la armonía,
pero estoy seguro que concebiste la hermosura
la mañana que adornándote
te dio por guardar aquella roca
tan oscura, tan plana, tan circular,
tan peculiar.
No notaste nada
pero allí estaban ocultos los orígenes,
los griegos,
Rubens, Durero,
las tocatas y preludios de Bach,
Dostoyevsky, Max von Sydow y Hitchcock.

Por todo eso deseo brindar,
por tu vuelo insaciable
y por tu empuje diario.

Agradecerte el que te quedes contemplando el cielo
a mi lado inútilmente,
por la pasión que rueda en la abertura del iris
y la satisfacción que tienes sin etiqueta,
gracias por el calor y el arte y la delicadeza.

Por pisar hasta conseguir que al suelo
le nazca un perpetuo confín,
por tu aguda forma de darle nuevos
usos a los labios.

Gracias por las lágrimas y por la iluminación,
por los gemidos y por las palabras que inventas,
por conseguir que la vida sea simple y humilde,
por el amor,
tan bestia y tan sideral.

Por tus tremendas ganas de matar al tiempo
con las pasiones
que son tan mías como tuyas

Y la verdad
no sé qué más añadir.

Canet

etiquetas: amor
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